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lunes, 20 de marzo de 2017
jueves, 16 de marzo de 2017
De enroques en el PRI
Los cambios en el PRI a partir de la
llegada de tres “aliados” del grupo de Enrique Peña Nieto, puede leerse como
adecuaciones recurrentes en contextos que demandan un refuerzo de estrategias
que tratan de resolver el desgaste de lideres partidistas en su relación con la
élite o grupo del presidente de la Republica. En el caso de este partido la
salida de Manlio Fabio Beltrones permitió que llegara Ochoa Reza, miembro del
grupo que Luis Videgaray ha venido consolidando, con miras al 2018.
La llegada de Claudia Ruiz Massieu
mediante un doble enroque a la Secretaría General del partido –hay que recordar
que se incorporó como secretaria de organización- , así como el de mover de su
cargo como secretario de organización para convertirlo en dirigente de la CNOP a
Arturo Zamora nos ofrece un escenario de reacomodo natural que incluso puede
leerse como cambios que tratan de limar relaciones que producto de la
intervención –sin ser parte del gabinete Videgaray- propició la visita de
Donald Trump. El caso de José Murat es diferente, a pesar de que había
construido una candidatura abierta para presidir al sector popular; como premio
de consolación ha sido nombrado dirigente de la Fundación Colosio, instancia
que es encargada de elaborar la plataforma electoral del partido y que obliga
desde esa trinchera a realizar un importante trabajo para redefinir los
principios y valores que representa el PRI. Sin omitir las diferencias en su
carrera política, el papel que ha jugado
Murat –miembro de un viejo PRI- al brindar su apoyo al grupo de Peña-Videgaray le
ha permitido mantenerse como un activo dentro del partido, incluso es de
recocer su papel como operador de asuntos tan relevantes como el pacto por
México. Los casos de Claudia Ruiz y de Arturo Zamora pueden leerse como políticos
con un presencia legislativa y por ende miembros activos del partido. El grado
de aceptación que de sí muestran estos dos perfiles se eclipsa con Murat. Sin
embargo, la retórica del dirigente Ochoa Reza ofrece la idea de que estos tres
políticos ayudarán a mantener la unidad y sobre todo en garantizar los
resultados que el presidente de la República desea que el partido obtenga en
los cuatro procesos electorales de este año y en la elección presidencial de
2018. Reto nada menor si consideramos el desgaste que ha tenido el partido por
el desempeño y sobre todo la corrupción que ha permeado a gobernadores como Javier
Duarte, Roberto Borge, a lo anterior hay que agregar el gasolinazo, la casa blanca,
casos que han provocado el rechazo generalizado con el gobierno.
Los cambios van en un sentido, fortalecer
al grupo Peña-Videgaray, equipo de técnicos que busca consolidarse –recordemos
que Nuño- era candidato del presidente para convertirse en dirigente del PRI y
no lo logró. La llegada de esta dirigencia “parchada” busca perfilar un
escenario favorable para que este claque siga siendo hegemónico y se vea
beneficiado en el camino a la sucesión de 2018, momento de quiebre de todo
apoyo incondicional.
jueves, 2 de marzo de 2017
Populismo y movimiento social: algunas notas
Desde
la idea de la interpelación de nuevos actores sociales la aparición de los
nuevos movimientos sociales viene a configurar un espacio autónomo de la
existencia de la sociedad civil para distinguirse del Estado. De otra manera
los procesos de diferenciación social han implicado rupturas que en el ámbito
de lo social implican autonomías de espacios anteriormente conducidos bajo
esquemas corporativos, en donde la interpenetración del poder político
determinó la forma de participación de sujetos sociales en agendas que se propusieron
como parte de proyectos políticos basados en factores de unidad nacional o de relegitimación
del proyecto popular-nacional como ha sido descrito, puede valorarse que el
populismo fue un instrumento de inclusión que permitió
“una demanda legítima por
representación y reconocimiento, pero a la vez puede ser considerado como el intento – por
cierto fallido – de ciertos grupos organizados por desatender los mecanismos institucionales de
representación y priorizar sus propios intereses
frente al resto total de la población.”(Frei y Rovira, 2008:122)
Si
podemos reconocer factores afirmativos del populismo dentro de la política
mexicana tenemos que entenderlo como parte de un mecanismo que posibilitó
espacios y canales de intercambio entre el poder político y las organizaciones
sociales. Es así que tanto el poder ejecutivo federal como el PRI contaron con
la fuerza subordinada de un movimiento con una base policlasista. Los sectores
sociales incorporados estaban integrados
por “.... asalariados urbanos y rurales y el campesinado, y de los empobrecidos
[...]sectores medios urbanos en ascenso e, incluso, por elementos aislados de
la burguesía...”(López Rivera, 2010: 18)
Asimismo
de que valoramos factores de inclusión el populismo mexicano podemos leerlo
como un fenómeno político que permitió ampliar la función del Estado en materia
económica y del conflicto socio-político, ésta capacidad institucional no
formal recayó en un poder Ejecutivo fuerte que lo mismo influía en la
nominación de candidaturas como determinar la vigencia de un principio
selectivo de justicia. Es oportuno destacar que el populismo se convierte en un
factor de cambio sobre la cultura política, desde esta posición podemos
advertir que el periodo definido por el creciente autoritario en un contexto de
representación política bajo el dominio de un solo partido nos ofrece un
panorama complejo ya que por una parte la cultura política mexicana autoritaria
se desarrollaba bajo un escenario en el que se incentivaban ciertos derechos
complementados con la apertura de espacios que bien semejaban un modelo tutelado
en materia política, social, material y simbólicos.
Los
factores decisionistas determinaron atributos que no debemos hacerlos recaer en
la personificación del liderazgo político popular, ya que entonces se pierde el
factor político que implicó la articulación política. Desde esta mirada podemos
sobreponernos a valoraciones negativas que pesarían sobre un proyecto populista
que al analizarse desde singularidades (fenómenos como son la personalización,
factores macroeconómicos que derivaron en crisis económicas) limitan nuestra
presentación.
El
momento rupturista emanado desde los movimientos sociales es quizás 1968,
momento en el que podemos repensar la idea movimiento que podemos definir como
“un movimiento social tiene
lugar sólo cuando se fomentan identidades colectivas que trascienden eventos e
iniciativas particulares. La identidad colectiva se relaciona estrechamente con
reconocimiento y la creación de conectividad. Conlleva un sentido de propósito
común y compromiso compartido en una causa que permite que activistas y/o
organizaciones individuales se consideren vinculados de manera inextricable con
otros actores –no necesariamente idénticos peros sí seguramente compatibles- en
una organización colectiva más amplia.” (Della Porta y Diani, 2011:
44)
Asimismo
podemos reconocer que se puede encontrar una serie de atributos que superan
formatos basados en clase o dentro de los elementos que se han definidos como
parte de la ocupación del espacio público. En un contexto en donde la ocupación
del espacio, la restricción para el desarrollo de la movilización el carácter
contestatario del movimiento estudiantil replantea el factor simbólico de una
forma de relación política entre los sectores sociales y el poder político.
La
movilización social recrea tres momentos en plenitud, quedan en el lector o
auditorio imágenes como la manifestación callejera definiendo el uso de tres
elementos:
a)
las vías públicas; b) “... la ocupación de un espacio público para celebrar una
concentración ... ; c) ... la combinación de ambas en una marcha hacia o desde
un lugar de concentración...” (Klandermans y Stekelenburg, 2011)
El retiro del Estado como causa de la desinversión social
La función de vigilancia que el estado constituye sobre
aquellos sectores poblacionales (guetos) o barrios marginales de la ciudad
reafirma el incremento en el gasto público en materia de seguridad, que en México
se ha incrementado en 200% al pasar en el año de 2001 de 73,000 mdp a 219, 000
millones mdp en el año de 2013. Los datos son relevantes, en la medida de que
avizoremos que los recursos asignados en la materia el 87% del presupuesto se
canalizó para gasto corriente y para perseguir el delito, omitiendo acciones o
tácticas preventivas. De esta manera estamos ratificando nuestra primera
observación sobre el papel que el estado ha asumido en la era neoliberal pues
ha dejado de implementar un proyecto de proveedor a uno con funciones
disciplinarias. Este Modelo constituido implica dos fenómenos yuxtapuestos
refuerzo y debilitamiento. Es decir, en el estado se muestra una "marcada
disminución de la profundidad y el alcance de la regulación estatal..."
(Wacquant, 2015:116).
Este fenómeno puede entenderse con el incremental número
de personal de seguridad privada con que echa mano la población para proteger
su vida, sus bienes; asimismo podemos considerar los múltiples justicieros o
linchamientos en los que se ve involucrada una comunidad en aparente desafío a
un Modelo de estado de derecho fragmentado, condicionado a la adopción de una
función disciplinaria -como lo hemos señalado- que recae en la policía, sistema
de justicia (criminalización de la protesta, Modelo asimétrico en el que una
justicia selectiva que impera bajo criterios garantes de la desigualdad en el
tratamiento), y en el sistema carcelario.
El impacto del retiro del estado que reconocemos como parte
del fenómeno de la desinversión social no sólo golpea sobre el factor que se
desarrolla en la esfera de la economía urbana y que se traduce en falta de
inversión y de ingresos, sino también hallamos un segundo fenómeno que se
configura a partir del quiebre de las relaciones sociales indirectas
"sostenidas por las instituciones públicas y por las organizaciones
privadas que éstas apoyan..."(Wacquant, 2015:117)
Incluso podemos ir más allá, ya que la desinversión
social ha implicado un incremento en la desigualdad que ligado con el delito a
la propiedad nos ofrecen una implicación relacional que se ve alimentada por el
déficit de inversión del capital lo que golpea sobre actores productivos y por
ende en la elevada tasa de trabajadores parados. Lo anterior nos lleva a decir
que “...la degradación de las condiciones de vida de vastos sectores de la
población estableció una asociación intrínseca entre delito y cuestión
social...”(Kesler y Merklen, 2013: 17)
Por
otra parte, el reto por brindar un nivel de
seguridad que, inicia por generar un mercado laboral que brinde la oportunidad
de trabajo en igualdad de circunstancias bajo esquemas que ofrezcan certidumbre
(protección) y estabilidad al trabajador, permitiría sacar a grandes sectores
de la población de situaciones de riesgo ya que se promoverían condiciones para
un desarrollo integral de los miembros de la sociedad es grande. El estado en
este escenario asume un discurso, que tolera y a veces incentiva las
desigualdades sociales, que solicita a la población comprensión y aprobación a
partir de un sentimiento de unidad nacional justificado en que la situación
crítica rápidamente será superado y que pronto se volverá al camino que lleve a
alcanzar a los países desarrollados. Fuera del estado queda una posible
respuesta basada en el compromiso y acción por “... llevar al país por el
camino de la emergencia y la recuperación.” (Giraud, 2015:114)
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