Los cambios en el PRI a partir de la
llegada de tres “aliados” del grupo de Enrique Peña Nieto, puede leerse como
adecuaciones recurrentes en contextos que demandan un refuerzo de estrategias
que tratan de resolver el desgaste de lideres partidistas en su relación con la
élite o grupo del presidente de la Republica. En el caso de este partido la
salida de Manlio Fabio Beltrones permitió que llegara Ochoa Reza, miembro del
grupo que Luis Videgaray ha venido consolidando, con miras al 2018.
La llegada de Claudia Ruiz Massieu
mediante un doble enroque a la Secretaría General del partido –hay que recordar
que se incorporó como secretaria de organización- , así como el de mover de su
cargo como secretario de organización para convertirlo en dirigente de la CNOP a
Arturo Zamora nos ofrece un escenario de reacomodo natural que incluso puede
leerse como cambios que tratan de limar relaciones que producto de la
intervención –sin ser parte del gabinete Videgaray- propició la visita de
Donald Trump. El caso de José Murat es diferente, a pesar de que había
construido una candidatura abierta para presidir al sector popular; como premio
de consolación ha sido nombrado dirigente de la Fundación Colosio, instancia
que es encargada de elaborar la plataforma electoral del partido y que obliga
desde esa trinchera a realizar un importante trabajo para redefinir los
principios y valores que representa el PRI. Sin omitir las diferencias en su
carrera política, el papel que ha jugado
Murat –miembro de un viejo PRI- al brindar su apoyo al grupo de Peña-Videgaray le
ha permitido mantenerse como un activo dentro del partido, incluso es de
recocer su papel como operador de asuntos tan relevantes como el pacto por
México. Los casos de Claudia Ruiz y de Arturo Zamora pueden leerse como políticos
con un presencia legislativa y por ende miembros activos del partido. El grado
de aceptación que de sí muestran estos dos perfiles se eclipsa con Murat. Sin
embargo, la retórica del dirigente Ochoa Reza ofrece la idea de que estos tres
políticos ayudarán a mantener la unidad y sobre todo en garantizar los
resultados que el presidente de la República desea que el partido obtenga en
los cuatro procesos electorales de este año y en la elección presidencial de
2018. Reto nada menor si consideramos el desgaste que ha tenido el partido por
el desempeño y sobre todo la corrupción que ha permeado a gobernadores como Javier
Duarte, Roberto Borge, a lo anterior hay que agregar el gasolinazo, la casa blanca,
casos que han provocado el rechazo generalizado con el gobierno.
Los cambios van en un sentido, fortalecer
al grupo Peña-Videgaray, equipo de técnicos que busca consolidarse –recordemos
que Nuño- era candidato del presidente para convertirse en dirigente del PRI y
no lo logró. La llegada de esta dirigencia “parchada” busca perfilar un
escenario favorable para que este claque siga siendo hegemónico y se vea
beneficiado en el camino a la sucesión de 2018, momento de quiebre de todo
apoyo incondicional.
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